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Ciclismo

Probando Rockrider en Santander

1262 27 de abril de 2018 4 Decathlon
El departamento de Santander es uno de los lugares de Colombia donde más se practica el ciclomontañismo, esto se debe a que su zona geográfica está rodeada por grandes y majestuosas áreas montañosas y hermosos paisajes. Un ejemplo de esto es el famoso Cañón del Chicamocha,  un Parque Natural colombiano visitado por gran cantidad de personas de diferentes nacionalidades y donde se practican diferentes deportes de aventura, entre ellos el Ciclomontañismo.
Probando Rockrider en Santander

Durante Semana Santa tuve el gusto de visitar este departamento para realizar una práctica de ciclomontañismo. El recorrido planeado estaba distribuido en tres rutas diferentes, una cada día, comenzando el jueves santo y finalizando el sábado; el primer día  partimos desde Bogotá hasta el municipio de San Gil, Santander, donde alistamos nuestras bicicletas e iniciamos el primer recorrido.

Día 1.

El reto inicial fue un recorrido de 76 kilómetros, todos sobre carretera pavimentada, con un desnivel positivo de 1.780mts hasta llegar al municipio de Pie de Cuesta.

Fue la primera oportunidad que tuve de montar una Rockrider 520 y para iniciar lo hacía sobre un terreno pavimentado y de tráfico moderado.  

Los primeros kilómetros de subida fueron moderados y el confort de la bicicleta fue percibido de inmediato; en esos pedalazos iniciales ya sentía una comodidad superior a experiencias anteriores. Los desarrollos de su transmisión fluían de forma óptima y favorecían el ascenso que poco a poco se iba complicando.

Durante el primer descenso el confort se hizo más evidente, favoreciendo la entrada y salida de las curvas más cerradas de la vía a una velocidad muy aceptable y completamente seguro. Los frenos de disco aportaron la seguridad y potencia que a las velocidades alcanzadas exigen a una bicicleta de media o alta gama. Su sistema mecánico, sin ser el más cómodo, aportó seguridad y precisión, sin bloqueo de las ruedas en los momentos que exigió una reacción inmediata.

El ascenso final de 17 kilómetros  fue cómodo y fluido, las cubiertas de tacos de perfil bajo permitían el desprendimiento del asfalto sin ejercer fuerzas innecesarias y ahorrando una cantidad de energía considerable. No obstante, encontré algo que demandaba una inversión de energía mayor, la suspensión sin bloqueo hacía que parte de la potencia ejercida fuera absorbida por ésta perdiendo un poco de impulso, por todo lo demás, la primera impresión sobre la bicicleta fue bastante buena.

Así terminó el primer reto.

Día 2.

Para el segundo recorrido se esperaba un gran desgaste físico sobre carreteras destapadas, con ascensos técnicos, con rampas de inclinaciones considerablemente pronunciadas, sobre placa-huella donde escalar la montaña demandaría una gran condición física y sobre todo una bicicleta adecuada para este tipo de terrenos, con desarrollos óptimos y un confort más que aceptable.

La distancia total fue de 95 kilómetros con una elevación de 3.800 mts durante 6 horas y 50 minutos, en su mayoría a través de terreno destapado, tierra suelta, lodo, charcas y alternativamente temperaturas altas y bajas. Se pasaría de un clima cálido a una altura de 1.000 msnm, a un páramo ubicado a 3.600 msnm con presencia de fuertes lluvias donde el frío se convirtió en una gran amenaza.

Inicié el recorrido encontrando las primeras rampas con inclinaciones exigentes, donde la transmisión de la bicicleta jugaría un papel fundamental. Los  primeros muros me obligaron a bajar la relación a 1×3, 1×2, encontrando algunos tramos donde se hacía necesario aumentar la rotación bajando a una relación 1×1. El tránsito de peregrinos y la gran afluencia de turistas sobre la ruta hacían que este recorrido fuera más  complicado.

Poco a poco nos fuimos adentrando en la montaña encontrando sólo el sonido de la naturaleza.

Al finalizar el recorrido sobre terreno destapado, nos encontramos con una carretera pavimentada que nos conducía hacia el cerro el Picacho, un páramo a más de 3.600 msnm de altura donde los fuertes vientos y la lluvia nos esperaban.

En el mismo momento en que conecté con la carretera, el ascenso se hizo más  complicado, pues las rampas se levantaban como muros y la gravedad me empujaba en dirección contraria. La exigencia sobre la bicicleta se intensificó al romperse el cielo dejando caer una fuerte granizada que acabó poco a poco con mis fuerzas. Ya no valía la pena el pedaleo fluido con una cadencia alta y me vi obligado a apretar el paso bajando la relación y aumentar la velocidad dejando atrás a mis compañeros que ya subían con las últimas reservas de energía.

Me paré sobre pedales en un monótono vaivén que aumentó mis pulsaciones y el calor corporal, cosa que necesitaba con mucha urgencia, pues a esa altura el frío causado por los  fuertes vientos y la lluvia que golpeaba mi cara me tenía al borde de  la hipotermia.

Así subí los últimos 13 kilómetros, dando la cara a la lluvia y el pecho al vendaval. Lo que me hacía la vida fácil en ese momento era la fluidez con la que  transporté mi compañera de batalla; esa Rockrider 520 hizo de esa tarde un baile inolvidable.

Luego de llegar a la cima y de salir de una crisis de hipotermia retomamos el camino de vuelta con un descenso de más de 40 kilómetros hasta llegar al municipio de Pie de Cuesta. Aunque el piso mojado por la lluvia y el asfalto liso hacían de la ruta una superficie jabonosa, ni en las curvas más cerradas o complicadas pasé una mala situación; los frenos respondían a cada tirón de levas ejecutado por dedos insensibles a causa del frío, sin bloqueo de las ruedas o derrapes repentinos. Todo terminó como estaba planeado.

Día 3.

El último recorrido no era precisamente el más suave de todos. Nos preparamos para una tarde de travesía donde iríamos a la Mesa de Los Santos a disfrutar del hermoso paisaje que tenía para nosotros el Cañón del Chicamocha.

Una vez más la ruta fue extenuante y a lo largo 90 kilómetros de recorrido disfruté de las cualidades de la Rockrider 520. Ya mi cuerpo y la bicicleta eran uno sólo; se convirtió en una extensión de éste que respondía a cada impulso nervioso emitido por mi cerebro. Actuaba en consecuencia como un reflejo involuntario sutilmente controlado, sin forzar sus partes, sin exigir sus componentes­. Natural. Fluida. Consecuente

En un análisis más general sobre el comportamiento de la Rokcrider 520 en una travesía de 3  días, puedo destacar lo siguiente:

Confort: Su cuadro en aluminio en talla L, diseñado para un ciclista de altura entre 1,75mts y 1,85mts de altura, se ajustó de forma excepcional a mi cuerpo, proporcionando un confort que pocas veces he sentido en otras bicicletas.

Rendimiento y seguridad: su transmisión Sram X3, con 3 platos y 8 piñones dan una amplitud de desarrollos adecuada para recorridos de intensidad media, donde las pendientes no son muy pronunciadas y poco técnicas. Las subidas en carretera asfaltada se ve favorecida gracias al diámetro de sus aros de 27,5” y las cubiertas de tacos con perfil bajo. Muy adecuada para subir en carretera  asfaltada y para descensos a velocidades por debajo de los 70 km/h, donde sus frenos de disco accionados por guaya proporcionan potencia y efectividad en el frenado sin bloqueos o derrapes.

La falta de bloqueo en la suspensión quizás sea el punto menos favorable, pero en condiciones generales no representa ninguna pérdida de eficiencia en el pedaleo y sobre terreno destapado se desenvuelve muy bien dibujando su superficie con destacada fluidez gracias al ajuste de la rigidez que viene integrado y graduable a discreción del ciclista.

Recomiendo esta bicicleta a todo ciclomontañista entusiasta que quiera practicar el deporte en recorridos de exigencia media con una a tres salidas a la semana y de 60 kilómetros en promedio.

 

Escrito por Mauricio Zambrano.

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4 respuestas a “Probando Rockrider en Santander”

  1. Diego dice:

    Cuando grande quiero ser como este Señor, excelente travesía.

  2. Mao Niño dice:

    Que buena descripción y detalle para una travesía tan dura, que buen desempeño de ciclista y máquina.

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